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(cOsAsDiveRTIdAs:230728) Artigas, otra victima del relato (politica)

Artigas, otra víctima del relato

por Omar López Mato

Semanas antes la Sra. Presidente, con ese estilo que le es tan propio, realizó la siguiente afirmación: “Esta bandera de Entre Ríos cruzada por la franja roja que es el símbolo de Artigas, vivo en la tierra entrerriana, de ese Artigas que quería ser argentino y no lo dejamos ser…” lanza entonces un enfático ¡Carajo! para dar fuerza a su alocución y terminar con un “Nos dividieron, nos separaron”, como si una fuerza cósmica hubiese obrado en tal sentido.

Todo relato histórico encierra algunas trampas en los pequeños grandes detalles, más cuando se apela a simplificaciones para la construcción de la identidad nacional. Este pecado no es nuevo, ya lo cometían los asirios y los caldeos. El problema, como el de todas las cosas, radica en los excesos.

Artigas fue el ejecutor del Plan de Operaciones, elaborado por Mariano Moreno, pero después de la separación de Moreno del cargo, el jefe oriental tuvo una serie de inconvenientes con los gobiernos sucesivos, especialmente con el triunviro Martín de Sarratea, que trató por todos los medios de minar el poder ascendente que Artigas tenía sobre el pueblo. A este le siguieron una serie de desencuentros que lo hicieron abrazar con más convicción el espíritu independentista que emanaba de la constitución de las colonias norteamericanas, que Artigas leía una y otra vez (aparentemente la versión que llegó a sus manos era una traducción del mismo Mariano Moreno).

La independencia “relativa y absoluta” a la que hacía referencia don Gervasio propugnaba, en primer lugar, la separación de España, decisión que el gobierno de Buenos Aires se resistía a tomar. La misión de Rivadavia y Belgrano es el mejor ejemplo de esta actitud dubitativa. Fue justamente Artigas quien en Concepción del Uruguay proclamó por primera vez la independencia “argentina” un año antes que lo hicieran los congresales en Tucumán. El 29 de junio de 1815, cuando recién había dejado de ondear la bandera española sobre el Fuerte de Buenos Aires, Artigas y los representantes de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Corrientes, la Banda Oriental y hasta los mismos indios misioneros, declararon la independencia de España.

Artigas ya había sufrido un desaire en 1813 cuando la Asamblea rechazó los diplomas de los diputados orientales, porque las autoridades bien sabían que ellos propugnaban estas “independencias”, tanto la absoluta (de España), como la relativa (del gobierno de Buenos Aires, que se arrogaba la herencia del poder colonial). Podremos discutir si esa independencia relativa implicaba un federalismo o una confederación, la unión de países o provincias. El tema se presta a debate. A los norteamericanos les costó una cruenta guerra civil, 50 años más tarde, para dilucidar el concepto de independencia relativa.

Por un lado Artigas sabía que de quedarse sin el apoyo de las demás provincias, el Imperio brasilero lo sometería inmediatamente. De allí que en 1815 rechazó la propuesta separatista de Álvarez Thomas, quien le ofreció la independencia de la Banda Oriental, haciendo un alarde de historia clásica al señalar “Las repúblicas de Atenas y Lancedonia, bajo constituciones enteramente contrarias, consiguieron ser igualmente gloriosas y felices”.

Para los porteños era negocio separarse del problemático líder oriental y a su vez quitarse de encima la competencia del puerto de Montevideo, más accesible a los barcos de gran calado que el de Buenos Aires.

No seguía la misma política con Santa Fe, ya que el puerto de esta ciudad competía directamente con el de Buenos Aires para acceder al mercado de las provincias del norte. De allí el esfuerzo para someter Santa Fe, invadido por los porteños en cuatro ocasiones y rechazados a gran costo, en cada oportunidad.

Es lógico pensar que ante situaciones cambiantes, el pensamiento de Artigas se haya radicalizado, más cuando la Banda Oriental fue invadida por las tropas porteñas al mando de Dorrego, derrotadas en la Batalla de Guayabos. Para peor, en 1816 el ejército lusitano con 10.000 veteranos de las guerras napoleónicas invadió la Banda Oriental ante la inacción del gobierno porteño.

Artigas se vio obligado a librar una guerra con escasos recursos dada la reticencia del gobierno de Buenos Aires en asistirlo. De haber existido un espíritu de colaboración, quizás Artigas hubiese integrado un esquema federativo, pero Buenos Aires solo pretendía la subordinación y en esas condiciones Artigas no podía aceptar, y libró una guerra casi suicida que le trajo grandes sinsabores y el alejamiento de sus lugartenientes más receptivos a la propuesta de los porteños.

Un tema menor es el uso de la palabra “argentinos” que hace la Sra. Presidente –Si bien la palabra tenía dos siglos de existencia después del poema de Del Barco Centenera- no fue un término de uso corriente hasta 1820. Sí fue utilizada por Lavalleja en la célebre campaña de los 33 orientales, cuando se proclamó “Argentino Oriental”. O cuando Rivera conquistó las Misiones Orientales, declarándolas pertenecer a la “Gran Nación Argentina”.

Justamente, reaparece durante la Campaña al Brasil una diferencia entre los orientales: Lavalleja y Oribe aceptan formar el ejército de las Provincias Unidas del Río de la Plata, bajo el mando del Alvear, mientras Rivera, continuador de la política de Artigas de mantener un ejército separado del “argentino”, es declarado traidor y perseguido hasta su sorprendente Campaña de las Misiones.

Oribe y Lavalleja en algún momento se vieron tentados de conformar la confederación bajo el poderoso influjo de Rosas, aún después de la independencia uruguaya en 1828. Rivera siempre acarició el sueño del Gran Uruguay con la Mesopotamia y los farrapos brasileros. Con el tiempo fue el gran opositor al rosismo.

Cuando el Uruguay debió considerar la construcción de la nacionalidad se encontró con graves divergencias entre Oribe, Rivera y Lavalleja. ¿Podría ser uno de ellos el padre de la patria? Pero allí estaba Artigas, la figura hecha a medida del bronce. Él fue, sin dudas, el máximo oriental y propulsor de una singularidad que se presta a interpretaciones, más allá de las nacionalidades. Él no pensó en ser argentino ni uruguayo, su ambición trascendía las fronteras.

No minimicemos su ideario.

Por otro lado, y como decía al principio, la elaboración de la identidad nacional se presta a simplificaciones. ¿Cómo hacerle entender a nuestros jóvenes –ya de por sí confundidos por tantas rectificaciones históricas- que el padre de la patria uruguaya fue el primero en declarar la independencia de Argentina?

Es de pueblo sabio poder extraer lecciones de la historia, más allá del sesgo político. La Señora Presidente por su condición, debería asimilar la lección unificadora de Artigas, y no agitar el pasado para crear crispaciones.

La Sra. Presidente se equivoca al decir que “Nos separaron” como si esta fuera obra de seres extraños a nuestra historia. Por un lado obró el unitarismo al sentirse heredero del poder colonial y pretender sojuzgar a las provincias, pero a su vez, el ahora adorado Juan Manuel de Rosas, jamás reconoció la independencia paraguaya, a punto tal que el propio Artigas se ofreció para defender la patria guaraní del acoso de la Confederación. Rosas, por obra distorsiva del nuevo revisionismo, ha sido erigido como el paladín de la argentinidad cuando cometió severos excesos en la represión, debidamente documentados en la causa judicial que se le siguió en su momento. ¿Acaso estos excesos no cuentan para un gobierno como este, que ha hecho de los derechos humanos su bandera?

También la señora Presidente ha erigido a Rosas como héroe del federalismo, un valor que este gobierno ha bastardeado sometiendo a las provincias díscolas a venganzas económicas. Sin una coparticipación justa, el federalismo es una mueca ridícula.

Hoy el nuevo relato histórico se escuda tras la figura trascendente de Artigas para homenajear a un federalismo desfalleciente. Artigas quería una gran nación, una sola que fuera todas juntas. Detenerse de un lado u otro del estuario, es un accidente anecdótico. El mensaje de Artigas fue el espíritu integrador, federativo y republicano que hoy brilla por su ausencia al occidente del Río de la Plata.

Si vamos a hablar de nuestra historia, al menos usémosla para unir y no para profundizar disensos enunciados adrede para la distracción de los muchos temas preocupantes. Artigas es un héroe de las dos orillas. Artigas es de todos.

Omar López Mato

omarlopezmato@gmail.com
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Gentileza de www.olmoediciones.com







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